La sala de espera

Me he dado cuenta que cuando estoy en Barcelona siempre acabo despotricando de la vida aquí. Pero a raíz de empezar a planificar mi siguiente huída, la huída planificada con más antelación después de la primera,  parece como si todo de alguna forma empezara a florecer, al mismo tiempo que los árboles con la ansiada primavera.

Uno de los pequeños cambios que me han hecho florecer a mí ha sido empezar a colaborar  con la Asociación Endavant, para pacientes con cáncer de mama. Al principio creía que se trataba de acompañar a pacientes que iban solas a las quimioterapias. Pero al final resultó que se trataba de estar presente en la sala de espera de oncología mamaria, en la primera planta del hospital materno-infantil de Valle Hebrón.

Yo pensaba que todos los hospitales eran tétricos y con olor a enfermedad y muerte, pero este, quizá por ser el maternoinfantil, me huele a vida y a esperanza. Siempre hay algún niño por la entrada y a mi me entran ganas de quedarme a vivir ahí, paséandome de planta en planta con el ukelele y mi payasa interior.

Lo mejor, el mural que te recibe en la entrada: “SUPERACIO” pintado por un colectivo con la ayuda de los niños ingresados.

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El primer día que empecé con mi chalequito rosa estaba muy nerviosa. ¿Cómo iba a poder ayudar yo a esas mujeres? En teoría la asociación es para pacientes o expacientes, pero no es condición necesaria serlo para echar una mano o pagar los 20€ de cuota al año que se destinan mayormente a investigación.

Aún sin haber padecido cáncer directamente, si que he estado en una sala de espera para pacientes de oncología, y si que he sentido esos nervios, esa angustia de la espera, esa impotencia de no poder hacer nada, más que leer  la biblia anticáncer de la doctora Odile. Soy tan inocente que hasta el último día tuve esperanza, aunque los médicos no nos dieran ninguna. Recuerdo que me hubiera gustado haberme podido comunicar más con la doctora, aparte de sus miradas disimuladas de compasión. Que me hubiera gustado conectar más con los pacientes de la sala de espera, o incluso con mi familia. Yo sabía que todos sentíamos el mismo miedo, la misma angustia, pero estamos acostumbrados a callar nuestras emociones y menos a mostrarlas en público a desconocidos. Hablamos muchas tonterías pero lo que realmente nos quema lo guardamos dentro…pero suerte que tengo un blog 😉

Ahora que lo pienso, seguramente me hubiera gustado que hubiera alguien recibiéndome en esa sala con una sonrisa que diga: no estás sola.

Y ese es precisamente mi principal cometido. Sonreír a todas las personas que vienen y se van, abrir la ventana para ventilar, ponerme a charlar con quien parezca aburrida o agobiada, pues las esperas a veces son demasiado largas incluso para una persona sana; romper el hielo, hacer reír, conectar a pacientes, pasear con ellas, aprender de ellas…si me quedara más tiempo creo que me echarían porque acabaría bailando y tocando el ukelele jajaja.

Suelo ir cansada o sin fuerzas y me voy llena de alegría y esperanza, porque es uno de los pocos lugares que he estado en la ciudad donde siento que hay humanidad, donde se valora realmente la vida.

Algunas me dejan con la boca abierta con su fuerza y su positividad. Nunca olvidaré a una mujer que me explicaba riendo a carcajadas cómo se le cayó el pelo a pedazos y lo que se debe asustar el vecino cuando se asoma por la ventana. O la mujer con metástasis que siempre sonríe y apoya con su dulzura a otras pacientes. O todas las mujeres, la gran mayoria, que por muy jodidas que estén me devuelven una sonrisa y una palabra amable. 

 Para mí son todo un ejemplo y si algún día tengo que pasar por esto, me acordaré de ellas y me ayudarán a tirar p’alante.

Este mes además el hospital estaba organizando una jornada y había que anunciarlo a bombo y platillo, así que era más fácil acercarse e interactuar con todo el mundo.

En principio yo no iba a ir, pero al final hubo una baja y tuve la oportunidad de vivir, sin exagerar, uno de los días más bonitos y emotivos de mi vida. 120 mujeres hermosas, de todas las edades, vestidas con sus sonrisas, se reunieron en la Academia de las Ciencias Médicas, para celebrar, para compartir, para abrirse, conectar, hacer talleres de yoga, Qi-kung, marcha nórdica, gestión emocional, sexualidad…para mi es lo mejor que un hospital puede ofrecer como complemento obligatorio a un proceso tan exigente física y psicológicamente. Pero ya sólo el hecho de ver que no estás sola, que hay más gente en tu misma situación y puedes comunicarte con ellas, hacer amistad…es una terapia tan necesaria como el tratamiento en sí. Incluso la comida era bastante saludable.

 

Un aplauso desde aquí a la doctora Capelán  (casi me desmayo de emoción cuando mencionó la meditación como un gran pilar), a Luisa, la presidenta de la Asociación que ha estado mano a mano con el hospital organizando todo, y a todos los colaboradores  que dieron su tiempo sin esperar nada a cambio, des del corazón, en especial mis compas que me hicieron llorar de risa. Hacía bastante tiempo que no reía así,que no sentía así.

Por si fuera poco, el gran Ravi Ram cerró el día con su linda musicoterapia que me hizo sacar toda la emoción del día, o de muchos días de emociones atrapadas. No sólo lloré  a moco tendido de felicidad, de ver lo bonitas que estaban, de esa energía que se respiraba sino que sentí muy claro que ese es el tipo de música que quiero hacer en mi vida. Música que remueve,que une. que sana.

Acabaron todas levantadas  de los asientos, aplaudiendo y bailando y yo sentí que un nuevo mundo está viniendo, un mundo donde la energía femenina vuelve a equilibrarse con la masculina, donde se unen la medicina occidental y la oriental, la prevención con la solución, la causa con la consecuencia; donde las personas se ayudan entre ellas aunque no se conozcan, no siempre por  dinero de por medio, que la empatía gana al egoísmo y el amor…al miedo.

Y paro que voy a ponerme a llorar de nuevo!!

Gracias gracias gracias  chicas bonitas por inspirarme y enseñarme tanto, no sois conscientes de lo que me habéis ayudado.

El próximo martes es mi último día en la sala de espera, o de la esperanza, hasta mi vuelta de Nepal, y es uno de los incentivos que me hacen querer volver a esta tierra que creía estéril de humanidad.

Si alguien quiere colaborar, que no dude en contactar, se necesitan muuuuch@s voluntari@s y soci@s más.

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Un comentario en “La sala de espera

  1. Que triste verdad la que dices amiga mia (“donde se valora realmente la vida”). Que la gente tenga que llegar a veces a esas situaciones para valorar e entender la vida es duro. Muy bonita la experencia. Me encantaria.

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