Sonriendo a la muerte

Vivimos en un mundo donde en realidad la muerte es un tabú, algo oscuro, como una niebla. Antes al menos la gente mataba los animales que se comía, la familia moría en casa… pero ahora morimos sedados en hospitales, los mataderos están bien escondidos… de esta forma comemos carne sin cargos de conciencia y vivimos en esa falsa ilusión de que la vida es eterna.

Pero si realmente fuéramos conscientes de la muerte, no desperdiciaríamos la vida de esta manera, enfadándonos por gilipolleces, trabajando como locos para acumular cosas que no caben en la cajita de tus cenizas, anhelando el amor “para toda la vida”, los contratos indefinidos…

Desde que empecé a trabajar con personas mayores y a la vez a familiarizarme con el budismo despertó en mí una ligera curiosidad por la muerte, y más de una vez he dicho que me gustaría dedicarme a acompañar a las personas en su momento más importante, para que se vayan en paz. Pero en realidad, la única muerte que he seguido atentamente en directo fue la de mi querido hamster con 9 años, que me partió el corazón, y ahora la de mi padre, que se llevó un buen trozo con él.

Me hubiera gustado haber estado realmente preparada para este momento, fue todo tan rápido…he leído bastante sobre el tema últimamente, sobretodo desde la perspectiva budista  y me habría encantado que mi padre hubiera aprendido a meditar y a observar las sensaciones, que conociera las fases por las que iba a pasar, como la disolución de los elementos. Hice algún intento, pero desistí en el último momento…¿cómo decir a alguien  que tiene falta de oxígeno que observe su respiración?

Las últimas 24 horas que estuvimos en ese caótico box de urgencias fueron muy duras la verdad. Llamamos a la ambulancia porque lo pidió él a las 4 de la mañana, él que jamás ha pedido nada y pensaba que no llegaría al hospital, pero luego al ponerle oxígeno y calmantes se recuperó un poco, estaba tranquilo, observando todo como siempre: “mira, esta doctora está haciendo doble turno porque no se ha ido a las 8”, “esta de aquí es muy simpática”. Y aunque yo pensaba que no le gustaba tener una hija tan “bohemia” le explicaba a la enfermera orgulloso lo mucho que su hija había viajado por el mundo. Yo mientras tanto le hacía masajes en los pies, otra de esas cosas que no le había hecho nunca. ¿Por qué esperé hasta el último día de su vida para hacerlo? Porque una vez más pensé que tendría toda la eternidad.

Cuando ya pensaba que volveríamos para casa, que sólo había sido un susto se empezó a complicar todo, le pusieron otra mascarilla gigante con oxígeno a tope que ya no le permitía hablar y en un momento se empezó a agobiar, a hacer señales al cielo como diciendo que quería irse, hasta al punto de ponerse a 190 pulsaciones por minuto y querer quitarse todos los cables. Ese momento no lo pude soportar, y tuve que salir de la habitación, mi hermana mayor aguantó como una valiente y mis hermanos todavía estaban de camino sin saber la gravedad de la situación, para que no tuvieran un accidente. Si ya soy de por sí sensible al sufrimiento ajeno, ver sufrir a quien te dio la vida es algo extremadamente doloroso.

Fue en ese momento que el médico nos dijo que tenía el pulmón derecho totalmente obstruido, que tenía tumores extendidos por todo el cuerpo y que si no queríamos que sufriera podían sedarlo en cualquier momento.

Ahí fue cuando abrí los ojos a la realidad que no había querido aceptar del todo, porque hasta la fecha los médicos no habían dicho nada claro, sólo un “lo siento, qué lastima, ojalá hubiera venido antes” y la misma biopsia repetida tres veces. Ni quimio, ni radio, ni paliativos. Pero por la forma que me miraban los médicos cuando lo visitaban intuía que había algo muy negro.

No es porque sea mi padre pero hay que ser muy fuerte y muy valiente para tener un cáncer tan avanzado y haberte tomado sólo tres ibuprofenos en todo el proceso (en parte culpa mía que le decía que el ibuprofeno podía dañarle el estómago, yo quería conseguirle aceite de marihuana pero no me dio tiempo siquiera a conseguirlo).

Toda esta experiencia me ha enseñado a encontrar el punto medio en lo que a medicina se refiere. Ya no odio a los médicos, todo el equipo de urgencias se portó muy bien (menos un enfermero que lo trató un poco bruscamente) y es admirable y respetable lo que tienen que aguantar cada turno estas personas, yo les daría una paga vitalicia y jubilación anticipada y volvería a pagar impuestos para que haya más personal y mejores instalaciones, pues estaba la gente en camillas en el pasillo.

El momento de la sedación fue muy duro, el saber que ya nunca más volvería a despertar, casi insoportable…pero el verlo tranquilo al fin me tranquilizó de alguna forma.

En el libro del Dalai Lama y el “arte de morir” había leído que es muy importante que en el momento de la muerte haya paz y silencio, sobretodo que no haya televisión encendida alguna y que en realidad no ayuda tener a los familiares tristes llorando.

Como el entorno no era precisamente pacífico le pedí con mucha educación a enfermer@s y pacientes que estaban al lado que bajaran un poco la voz, que mi padre se estaba muriendo y queríamos despedirnos en paz.

Y de alguna forma fue posible encontrar esa paz. También les pedí a mi madre y mis herman@s que no lloráramos mucho delante de él aunque estuviera sedado, que seguramente podía escucharnos, y que aprovecháramos para darle las gracias y decirle cosas bonitas. Y así hicimos. Mis hermanos y mi madre a un lado dándole la mano y acariciándole el pelo y yo meditando delante en una banquetita mandándole amor (“metta” para los vipassaneros) a raudales, creo que le envié tanto tanto amor que ahora siento como si me hubiera quedado un poco seca, pero ya se me pasará.

Y cundo dejó de respirar, en lugar de aferrarme a su cuerpo llorando miré hacia arriba sonriendo, porque intuía que me estaba viendo (luego rompí a llorar, claro). No me atreví a tocar su cuerpo inerte, ni en el hospital ni en el tanatorio, porque ya sabía que él no estaba allí, que su cuerpo ahora sólo era los restos de su disfraz y que él ahora está en todas partes, convertido en una mariposa universal.

Le prometí que cuidaría de mi madre, que no estaría sola, y ahora mi vida está centrada en ello, además de cuidar su jardín y nuestro pequeño huerto, que ya empieza a dar sus frutos libres de carcinógenos 🙂

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Y mientras tanto, me sigo preparando, para la muerte y para la vida, que son las dos caras de la misma moneda.

Pd: Mucho ánimo a todas las personas que hayan pasado o estén pasando por un proceso parecido, para quien quiera compartir sentimientos y experiencias, aquí estoy 🙂

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “Sonriendo a la muerte

  1. Qué bonito lo dices, destilando una entereza y fortaleza, no exentas de dulzura! Nada más que pueda añadir o mejorar con mis palabras…cómo siempre, mis mejores deseos viajan con estas frases. Un abrazote muy achuchao y a vivir qué es el mejor homenaje que podemos hacerle a los que nos dejan!

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