Turquia (1ª parte)

Resumir los dos meses de Turquía sin que se convierta en un libro es casi imposible, pero lo podría simplificar en una sola palabra: INTENSO. (Para bien y para mal, aunque siempre hay un “bien” después de un “mal”).

 

Sólo entrar al país, en autostop desde Grecia, ya fue difícil, pues es la única frontera que cruzamos que no se puede pasar a pie completamente.SAM_6616 No sé si se debe a que Europa quiere “protegerse” de los pobres refugiados sirios o por las “buenas” relaciones históricas entre ambos países, pero el caso es que hay un puente con un soldado armado en medio que si cruzas caminando, como mínimo, mínimo, te arresta, ya nos avisaron los policías griegos. Tras horas esperando en el duty free en medio de la nada y a punto de echar de menos un trabajo asalariado de oficina más marido y  casa hipotecada, conseguimos el autostop de nuestra vida: 1000 kilómetros de golpe, en un bus turístico vacío, aunque nuestra idea era visitar a un amigo en Çorlu y pasar por Estambul antes de ir al sur.

Fueron 15 horas de viaje con café y té gratis y algún intento pervertido del conductor con las dos (a mí me susurró primero que si quería una noche salvaje en la camita claustrofóbica que tienen para dormir, pero me hice la sorda, y mi compa, a la que entró con google translate y todo, se hizo como que no entendía).

Me sentí triste y decepcionada  una vez más con los hombres pues cambió la energía totalmente, pero esto sólo fue un aperitivo de lo que nos esperaría en la reprimida Turquía. Y sinceramente, por 1000km, no fue para tanto, mucho peor lo pasé en Italia viajando sola.

En Antalya estuvimos 5 minutos, enseguida llegó otro minibus que sí tuvimos que pagar pero que nos llevó a Olympos una playa turistica paradisiaca de aguas cristalinas. Allá estuvimos 4 o 5 días durmiendo sin tienda bajo un algarrobo des de el que podíamos ver el amanecer (y para más lujo, disponíamos de un baño público al lado con agua potable y manguera exterior para ducharse , el sueño de todo hippie/mochilero).

Casi no teníamos un duro, pero los guardas de las ruinas hicieron la vista gorda un par de días y nos dejaron vender artesanía en la playa, en un sitio tan bueno que en dos horas hicimos 300 liras (100€) con un grupo de turistas australianas.

Era justo lo que necesitábamos para el billete de avión a Israel con el que fantaseábamos o para el festival de circo que hacen cada año en Tekirova, a 20km.

Nos decantamos una vez más por vivir el presente y estuvimos una semana en el festival de circo donde además de poder ducharnos con agua caliente y no tener que preocuparnos por los guardias de seguridad, pudimos hacer talleres de clown, pois, un par de baños de Gong que te dejan super limpia energéticamente,  aluciné con todos los artistas que había y aprendí a tomarme la vida menos en serio todavía.

Hicimos muchos amigos, nos reencontramos con algunos y recuperamos el dinero invertido vendiendo allá, pero en 5 días en lugar de en 2 horas.

En la gala final de cierre dieron un mensaje que me puso los pelos de punta: “Nos llegan muy malas noticias desde Ankara (…) no podemos parar la violencia en el mundo pero lucharemos para mantener espacios como este que promuevan la paz, el arte y la cultura”. Así me enteré del atentado que dejó 100 muertos en la capital, la mayoría kurdos, que se manifestaban por la paz. Desde entonces empecé a abrazar a todos los kurdos que me encontraba (muchos de los que nos ayudaron y compartieron con nosotras lo eran, y muchos allá los odian) y a no simpatizar con el gobierno turco que me parece un poco hipócrita.

Tras el festival volvimos a nuestra playa paradisiaca pero en otro lado donde podíamos acampar tranquilas con amigos del festival y familia Rainbow. Creamos un pequeño oasis hippie donde nos bañabamos desnudas, podía ser cariñosa con mi compañera sin ser juzgada con la musiquilla de la hora del rezo de fondo recordándome donde estaba, comíamos granadas gigantes y naranjas de los árboles, hacíamos fueguito y trabajábamos de vez en cuando, pues los guardias de las ruinas ya nos tenían fichadas.

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Recomiendo si van a esa zona visitar Chimera (o Yanartas), una montaña mágica de la que sale fuego por no sé qué gases que emana. Hay que pagar algo pero vale la pena, la 2a vez nos quedamos a dormir con el saco bien calentitas al lado de las llamas, hicimos palomitas cuando se fueron la manada de turistas ruidosos y vimos el amanecer.

 

Tras dos semanas de ensueño, vida sana y en paz, tuvimos que marcharnos por la llegada de unas lluvias torrenciales que nuestra tienda maltrecha no iba a resistir.  (Se esperaban 180litros por metro cuadrado y ya sufrimos lo suficiente en Grecia con el exceso de agua).

Decidimos ir a Capadoccia, aunque siendo casi noviembre ya haría algo de frío allá. En Antalya nos topamos con las anunciadas lluvias y empapadas de arriba a abajo y con la noche cerca decidimos seguir en autobús, como excepción extraordinaria.

Debo decir que los autobuses en Turquía son cómodos y relativamente baratos -nosotras negociamos el precio hasta casi la mitad- tienen pantallita para ver la tele, wifi y te dan té con galletas. Además, nos dijeron que las estaciones de autobús son bastante seguras para dormir así que nos quedamos dos noches en Konya. Tuvimos que escapar de algún que otro pervertido, quizá porque ya no estábamos en una playa turística sino en la ciudad más conservadora de Turquia. Recorrimos muchísimo de esa ciudad a pie, aunque lo único interesante era la mezquita donde está enterrado Rumi. Justo estaba leyendo una novela sobre este poeta místico sufi (las 40 reglas del amor, de Elif Shafak) pero no sabía que este era un lugar de peregrinación tan sagrado para los musulmanes. Aún no acabé de leer el Corán, pero intuyo que el sufismo es la parte del Islam más acorde con la espiritualidad en la que creo: el amor incondicional.

Lo bueno de Konya es que es mucho más barato que Olympos, y nos inflamos a frutos secos. De ahí seguimos en autostop dirección Capadoccia, nos perdimos, volvimos a Konya, para que un señor kurdo cristiano nos llevo a Aksaray e insistió en invitarnos a comer en un restaurante. Ahí empecé a descubrir la famosa hospitalidad turca y flexibilicé mucho mi vegetarianismo (o flexitarianismo) pues muchos te invitam a comer carne. También ha sido el único país donde en los restaurantes te invitan a té gratis, aún advirtiéndoles que no teníamos un duro.

El camionero que nos llevo a Goreme, la ciudad más turística de Cappadocia, era un cerdo que intentó manosearme 2 veces en 50km, pero desde entonces aprendí a mantenerme firme, y bajarme al mínimo intento de acoso sexual. Muchos turcos, en especial camioneros, tienden a confundir las viajeras con prostitutas o refugiadas obligadas a prostituirse, así que lo primero que decía era: param yok y param sex (no dinero no sexo).

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En Goreme nos ocurrió el capítulo más películero y desagradable de todo el viaje, aunque ahora nos reímos, precisamente la única vez que quisimos dormir en un hostal, pero lo dejo para la próxima vez que encuentre un locutorio barato en mi nuevo paraíso.

Paz&amor!!

 

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