Feliz día de la energia femenina

Quería escribir esto el 8 de marzo…pero nunca sé qué día es realmente. 

Antes para mí este día era muy importante, un día de reclamar los derechos, laborales y sociales, de las mujeres, a veces con un poco de rabia o ego. He cambiado tanto últimamente que esta vez quiero ir un poco más allá: quiero recordar a todos los seres que somos energía, masculina y femenina, mucho más allá del género.

En mi opinión, si el mundo está tan desequilibrado, es porque existe, entre otras cosas,  un desequilibrio dentro de cada uno de nosotros. A las mujeres se nos reprimió nuestro lado masculino y a los hombres el lado femenino.

Los hombres no pueden llorar, no pueden ser sensibles, no pueden jugar con muñecas, tienen que ser “machos” (por culpa de esos “machos” acabé siendo predominantemente lesbiana, a pesar de que mi madre no quiso apuntarme a fútbol de pequeña para que no le saliera machorra);

Las mujeres no pueden ser fuertes, necesitan un hombre que las proteja, no pueden cortar leña, no pueden bajar agua barranco abajo como hago cada día, deben depilarse, llevar maquillaje y tacones para ser “femeninas”. Los jueces del concurso de Miss Universo no saben que las mujeres más bellas y femeninas que existen están en el Rainbow: van descalzas, sin depilar, sin operaciones de cirugía estética, con cualquier trozo de tela si es que llevan y a veces con un tronco a la espalda.

Yo me pregunto: ¿Qué es la femininidad? ¿Las mujeres que vivían en las cuevas miles de años atrás llevaban tacones?

Para mí la femininidad, o lo que yo llamo “energía femenina” es la armonía, la empatía, la sensibilidad. Es lo que más me atrae de una mujer. Pero esos rasgos también los encuentro en los hombres libres, los que olvidaron ese adoctrinamiento machista de su infancia. Me encantan los hombres femeninos. Y las mujeres algo masculinas.  La androginia.  El equilibrio.

Cada vez que me cruzo con un hombre, independientemente de lo bruto que sea, intento sacarle su lado femenino. Y creedme, os sorprenderíais de lo que hay dentro del corazón de un  hombre, por muy escondido que esté. No es casualidad que a los hombres les encante disfrazarse de mujeres en carnavales. No se están disfrazando. Están aprovechando la única oportunidad que tienen para sacar su lado femenino sin ser juzgados ni tachados de maricas.

Tengo un amigo que es un genio, un artista.  Agarra los sujetadores de la tienda gratis que monté y se pasea desnudo por la playa sólo con el sujetador puesto, o con una falda. No tiene maldad ninguna, jamás conocí un ser, hombre o mujer, con el corazón tan puro. Y no le importa un carajo el qué dirán.  Se podría decir que tiene un exceso de energía femenina, pero yo le pido al Universo que todos los hombres sean un poco como él. No habrían guerras, ni violaciones, ni piropos denigrantes en las calles, ni diferencias salariales. No habría mujeres traumatizadas sexualmente, no habría mujeres inseguras.

También pido que las mujeres se liberen ellas mismas. Que aprendan a amarse de una vez, que no se depilen si no les da la gana, que no lleven sujetador si no les hace falta (es cancerígeno y no es culpa nuestra si algún guarro se excita al notar un pezón). Que se desnuden en las playas, que se vean bellas al natural, que se acepten, que no juzguen a las demás.

Ahí empezará la verdadera revolución. Y lo de la mujer trabajadora, qué queréis que os diga. Nadie debería trabajar más de 25 horas a la semana, hombre o mujer.

Por cierto hoy me puse un vestido, azul, muy bonito, que me regaló una chica en el retiro budista. De pequeña los odiaba. Algunos me dijeron, hombres y mujeres, ¡Guau, Carmen! ¡Qué guapa estás!.

Y es verdad, me siento guapa, no sólo hoy.  Sin llevar maquillaje, sin estar depilada (aunque se me pusieron los pelos rubios del sol) sin llevar tacones ni sujetador, sino unas chanclas casi rotas y la mochila de viaje, para reciclar comida de la basura y bajar leña después. Jamás me sentí tan bien.

Atrás quedan los años en los que me sentía un monstruo. Pero mi cara y mi cuerpo es básicamente el mismo, sólo un poco más morena y en forma. Simplemente, aprendí a amarme, a aceptarme como estoy. Soy una mujer libre.

Ahora sí, ahora ya estoy lista para amar.

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