Mi primer examen

Creo que fue Eckhart Tolle quien dijo: “el que crea que está iluminado, que se vaya una semana a vivir con sus padres”. Qué gran verdad.

Por supuesto yo me creía lo suficientemente iluminada como para volver a casa de mis padres y cambiarlos de la noche al día. ¡Menudo ego el mío! No se puede cambiar a nadie, sólo se puede dar ejemplo, y que cada uno decida libremente si quiere cambiar.

La verdad que el primer día que llegué fue genial. Superé bastante mi miedo a volar en avión -inducido por la tele, porque antes del accidente de Madrid y Canarias no tenía miedo-, medité, escribí,hablé de espiritualidad con mi amigo ex-policía que encontré de casualidad, y hasta disfruté de las vistas. Sólo pensé que me moría unas 10 veces, demasiado poco para volar con Ryanair. Al llegar me recibieron mis dos hermanos y mis sobrinos de sorpresa en el aeropuerto, con cartelito y todo. Ya en casa abracé muchísimo a mis padres, fue muy emotivo. Hacía muchos meses que no los veía, ni siquiera por Skype.

Quería transmitirles todo lo que he aprendido estos últimos meses sobre la vida, y ése ha sido otro de mis errores: es imposible transmitir tanta información en tan pocos días sin volverles locos. Aún así, yo les voy contando, sobretodo de nutrición, que es lo que me apasiona.

Mis padres ya han empezado a tomar agua tibia con limón por la mañana, y no ponen mucha cara de asco cuando me ven comiendo aloe vera a bocados. Además me compran leche de soja y pan integral.

Lo de la tele ya es algo más delicado que llevo trabajando un tiempo, porque hace años que no tengo tele y realmente me enferma. Me dan ganas de tirarla o romperla a martillazos, exceptuando quizás el Wyoming. Por ahora sólo la ignoro, la apago cuando nadie la mira y ya no se enciende mientras comemos.

En Nochebuena éramos cuatro pero nos partimos de risa, bailando, cantando, mi hermano a la guitarra, mi madre a la pandereta y yo sacando mi “gracia” andaluza, que para algo soy “charnega”.

Todo iba sobre ruedas, pero poco a poco me fui “intoxicando”, literalmente, a la vez que quedándome sin energía: que si voy a probar el entrecot de ternera, a ver si me aporta hierro. Que si la piña con jamón (mezclar fruta que no sea manzana en la comida, qué irresponsabilidad!) que si Ferrero Rocher por aquí, que si un polvorón por allá, ahora me como unos dátiles y unas almendras, que son muy sanos, échame otra copita de vino (gracias a mis hermanos amantes del buen vino soy la “hippie” que bebe botellas de 30 euros). Total que entre villancico y villancico tuve que irme a vomitar, aunque ni siquiera lo conseguí. Es la putada de comer siempre sano y haber aprendido a escuchar a tu cuerpo: cuando pasas de él, se pilla un mosqueo que pa qué.

En Navidad estábamos todos mis hermanos y sobrinos, comí un poco menos y mejor, aunque también probé el pato, que debo decir estaba de lujo. Les enseñé a respirar tres veces antes de comer y dar las gracias por la comida, aunque no todos me siguieron. Comí con palillos como en la Palma, para comer más lento, y en algún momento les conseguí convencer de que si unos hablaban alto, los demás tenían que chillar más y más hasta que en vez de una comida de Navidad parecía el programa de “Mujeres, hombres y viceversa”.

El tercer día irremediablemente tocó la gran pelea con mi madre. Siempre me pasa el tercer día. Pobre infeliz, pensaba que haciendo yoga y meditando por la mañana retrasaría o incluso evitaría lo inevitable. Es la persona que más amo en este mundo, y la única capaz de hacerme perder los nervios. Todo el trabajo personal, todas las meditaciones, pranayama, yoga…a la mierda en tres días.

Total que después de la pelea y aunque me sacaron al cine a ver Frozen con mis sobrinas, acabé yendo de fiesta por la noche, dispuesta a olvidarme del mundo y beberme hasta la última cerveza de Barcelona. Casi lo consigo, también morirme de frío, porque para ahorrar bebimos algunas cervezas en una plaza de Gracia. Irremediablemente acabé en el Arena, la discoteca de ambiente donde alguna vez intenté buscar a la mujer de mi vida (jaja). Después de dos volldamms más acabé en la entrada del cuarto oscuro con 3 o 4 chicos gay hablando no sé de qué. Alguno me besó y me ofreció cocaína. Por suerte aún me quedaba algo de conciencia y salí pitando de ahí, buscando a mi amiga que ya iba camino a casa. Andando para el metro a eso de las 5, la guinda de la noche: se me pone un tío a andar al lado mío, al mismo paso, se acerca más, me mira y se empieza a desabrochar los pantalones para sacarse lo último que quería ver esa noche. Aquí debo dar las gracias a Estrella Damm, porque las cervezas me envalentonaron lo suficiente como para pararme y decirle: “no me jodas que te reviento la cara” (y lo decía en serio). Seguí andando a paso rápido hasta el metro, sin mirar atrás. Genial para mi reconciliación con el sexo masculino.

Hoy tenía dos opciones: comprarme billete de vuelta para el día siguiente o abrazar a mi madre. He optado por la segunda, aunque por un momento pensé que me mordería el cuello. Le he dicho que para dos días que estamos aquí (refiriéndome también a la vida) no vale la pena enfadarse. Así que hemos hecho una barbacoa improvisada, y por primera vez en la historia de esta familia se ha incluido un pimiento y un calabacín en la parrilla.

No quiero más carne de momento, me pone violenta.

Sé que este es mi primer examen de la universidad de la vida, porque comer sano, beber poco, cantar y sonreír cada mañana es muy fácil cuando tu entorno también lo hace. Y aunque volver a Barcelona está siendo más duro de lo que pensaba, siento que las semillas que voy plantando algún día crecerán, incluso en el asfalto de la gran ciudad.

¡FELIZ NAVIDAD (CONSCIENTE)!

navidad

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