El placer de hablar con desconocidos

Casualidad o no estamos educados en la desconfianza. De pequeños nos dicen que no hablemos con desconocidos; de mayores nos machacan con películas de terror, dramas y telediarios aún peores que la ficción, donde nos enseñan las miserias que hacen algunos “seres humanos”. En parte para manipular y en parte para limpiar la conciencia de los dueños de las cadenas televisivas, que suelen ser de moral floja. Así Berlusconi podrá pensar: “hay gente peor que yo”. 

El caso es que yo sigo confiando en el 99% de las personas, con la esperanza de poder confiar en el 1% restante algún día, y me va mucho mejor que cuando era una chica calladita y tímida.  

Es increíble lo que la vida te ofrece cuando vas caminando con una sonrisa y el corazón abierto. Al segundo aparece alguien que está con la misma buena vibración que tú, te enseña algo y te regala unas risas. No falla. 

Podría poner miles de ejemplos. El más claro cuando hago auto-stop, algo muy común en esta isla . Si voy seria o enfadada con el mundo no me para ni dios. Pero en cambio si conecto interiormente la palanquita del corazón…no hay color.  Un día venía del supermercado, muerta de calor, faltaba poco para llegar, pero conecté “la palanquita” y un coche paró. Al final acabé yendo en zodiac por la costa más bonita de la Palma, a una fiesta popular. Comí paella con unos gambones y lapas enormes, vieja con gofio, cerveza, mojito natural…sin llevar ni la cartera encima. Visité cuevas de la gente, todas con vistas al mar y disfruté como la niña que nunca se había montado en zodiac. 

O el otro día mismo volviendo de Lanzarote en barco, 30 horas de nada. Antiguamente me habría quedado en la  butaca leyendo o viendo la basurilla televisiva. Pero acabé haciéndome amiga de media tripulación, simpátiquisimos todos, en especial los gaditanos. Me invitaron a comer, cenar,  algún ron havana…y acabamos cantando y bailando flamenco hasta las 4 de la mañana, con la luna llena. Paramos en Tenerife y yo iba de subidón. Sonriendo a todo el mundo mientras paseaba por calles llenas de tiendas en las que ni podía ni quería comprar. Caía una lluvia fina, salió el arcoiris y me sentí afortunadísima de tener esta vida. Llamé a mis padres y les dije que les quería. Noté el efecto, porque no lo hago tan a menudo como debería.

Se me acercó uno de esos temidos captadores de socios de ONG’s y tras mi sonriente advertencia: “Yo te escucho, pero no tengo dinero” tuvimos una conversación preciosa sobre la vida, tenía tanta pasión por lo que hacía que casi me convence para darle mis últimos euros a Acnur, y hasta me dio una pagina web de voluntariado que quizá da otro giro a mi vida. 

En conclusión, que la vida es maravillosa y no importa el dinero que tengas, sino de la energía que desprendas.

Mi humilde consejo es: abre tu corazón, sonríe de corazón, vive de corazón. Y…

 

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